DE TRANVÍAS, TRANSMILENIOS Y OTROS VEHICULOS DE CARGA La era de los “homo-semovientes”.
Próximos a cumplir casi diez años de funcionamiento de nuestro Sistema Masivo de Transporte, tan alabado por las administraciones de la ciudad de Bogotá, como por parte de más un delegado de gobierno extranjero que se dio el viajesito hasta estas latitudes a fin de conocer a nuestros “veloces rojos”, vale la pena darle rienda suelta a la reflexión, a la evocación y por supuesto, al combustible de la crítica que hace andar el motor de las inconformidades.
Qué simpático el Gobierno Distrital y sus declaraciones televisivas durante las últimas semanas con referencia a la seguridad al interior de las estaciones de Transmilenio: -Trabajamos todos los días para optimizar la seguridad de los pasajeros…por ello se han acondicionado alrededor de 70 cámaras que tendrán por objeto velar por la seguridad de todos-, comentario sellado con una postiza sonrisa y la socarrona intensión de salvaguardarse de las críticas al implementar este tipo de medidas. Sin embargo, los problemas de un sistema de transporte masivo –y agresivo- como lo es Transmilenio, no se alcanzan a visibilizar a través de las 70 camaritas.
El titulo de esta reflexión personal alude a los vehículos de carga porque en eso lamentablemente terminan convirtiéndose todas las medidas para solucionar el transporte masivo en las grandes ciudades –no solo de nuestra amada Colombia sino del mundo-.[1] Transporte que parece evocar en nuestras mentes aquel celebre video juego ruso que hace poco estuvo de cumpleaños: El tétris: como podemos terminamos contorsionándonos a fin de lograr ingresar en el vehículo, ocupando con dobleces de piernas, de brazos e incluso de paquetes todos los espacios libres. ¿La meta? Intentar llegar con la mayor dignidad HUMANA y la totalidad de pertenencias posible a la estación de destino. Sin contar que para ello ha sido necesario pagar la “módica” suma de $1.500 pesos, esperar como mínimo cinco minutos, para que la sola llegada del “vehículo de carga” y la apertura de las compuertas nos recuerden sin más nuestra más simple y salvaje condición animal.
Sin mediar palabra, pasados los cinco minutos y con la llegada del gran animal rojo, la apertura de compuertas da rienda suelta a una lluvia de empujones, malas miradas y peores palabras entre quienes salen, quienes entran y a quienes los entran; si, porque muchas veces ni siquiera tiene uno que preocuparse por caminar, la marea de personas termina internándolo a uno en las asfixiantes y poco ventiladas fauces del veloz animal rojo.
Reducidos todos a una condición de semovientes, nos aferramos a los tubos, esquivando la miradas de quienes nos quedan en frente y simulando cierta satisfacción al sabernos dentro del magnífico expreso que ha de llevarnos a casa rápidamente y con suerte, con nuestra dignidad y nuestras pertenencias intactas.
¿Pero es este el transporte que en plena Era de la Información y de la Comunicación nos merecemos?, ¿Un transporte para la época en la que los datos viajan por el mundo a la velocidad de un “click” y en la que incluso se habla de exploraciones interestelares?.Pues la verdad sorprende enterarse como las cosas, después de un siglo no han cambiado mucho.
Indagando frente a las diferentes formas de transporte masivo en nuestra ciudad, me encontré con un artículo publicado en el diario EL TIEMPO titulado: “Vida, pasión y muerte de los tranvías en Bogotá”, publicado en las Lecturas Dominicales de Mayo de 1964. En el mismo sorprende ver como las descripciones de antaño pueden ajustarse a nuestros modernos Transmilenios articulados y biarticulados, a nuestras busetas, colectivos, a los populares “cebolleros” y de más vehículos de carga de “homos-semovientes[2]”, como he decidido llamar a esta etapa en nuestra condición de habitantes del mundo.
Un vistazo hacia el pasado…
La primera compañía de transporte masivo en la ciudad, fue una de origen Norteamericano de nombre “The Bogotá Railway Company[3]”, la misma tenía como objeto unir a Bogotá con el hasta entonces alejado barrio residencial de Chapinero en un penoso recorrido que iniciaba en la plaza de Bolivar y terminaba una hora después, con unos maltrechos viajeros y con unos pobres asnos sedientos –cabe anotar que en este caso los asnos son los animales que generaban la tracción del vehiculo-. Aunque realmente aplica incluso para los viajeros, puesto que cuando habían insistentes lluvias, los pasajeros que habían pagado por un transporte digno se veían forzados a empujar físicamente los vehículos que los conducían.
Posteriormente llegaron los primeros “eléctricos” como se dieron a llamar en la época. Vehículos de cuatro ruedas, de 8 puestos y de 16 salidas –semejantes a las chivas- y que como las mismas ofrecían grandes facilidades a los evasores del pago de tiquetes y de paso a la delincuencia y a la “guacherna” de la época que junto a los “cachifos”, a los “chapoles” y a otros vagos de la época convertían el transporte de la naciente urbe en la más exótica muestra de fanfarronería y descaro desmedido, pues los robos se perpetraban en las paradas de los cruces de las calles, en las cuales los ladrones se sucedían como una larga cadena de calamidades.
Finalmente, hacia la segunda década del siglo XX llegaron los Tranvías municipales y sus operarios uniformados que prometían dar una solución eficiente al transporte urbano, para los de ruana y los de casaca. Vehículos todos conducidos por trabajadores correctamente uniformados y con gorras bordadas con la sigla “T.M.B” (Tranvía Municipal de Bogotá), que prontamente y con la familiarización de los bogotanos pasó a significar “Treinta Minutos de Bamboleo y más”.
Les dejo con la descripción textual de transporte de la época, juzguen ustedes las similitudes:
“ ¡ Y que bamboleo!, como los colombianos hemos sido siempre tan inteligentes en cuestiones técnicas, lo primero que se hizo al traer lo nuevos tranvías fue cancelarles la puerta trasera con lo cual hay que abordarlos y dejarlos por una misma entrada en medio de los mas fabulosos apretujones que el mundo haya conocido. Los maquinistas hacen correr para atrás los pasajeros, arrancando tan súbitamente que los ocupantes caen para atrás con caras congestionadas, paraguas quebrados y piernas trinchadas…los sobretodo de las damas rasgados, carteras vacías, niños perdidos, anteojos sin vidrio, sombreros abollados y paraguas quebrados, ante la impávida sonrisa socarrona del maquinista”. Lecturas Dominicales, mayo 3 de 1964.[4]
De ahí que podemos continuar vanagloriándonos de las maravillas de un mundo moderno que habla de carreras espaciales, de cibernautas, de telefonía celular, de nanotecnología, de información segundo a segundo. De un mundo que nos brinda infinidad de posibilidades con un click, pero que en cuestiones de movilidad aun se encuentra anclado en las arenas del siglo pasado.
Una pequeña reflexión para todos nosotros “homo-semovientes” que nos jactamos de nuestros avances tecnológicos pero permitimos que nos transporten como “ganado”, que permitimos el incremento en los costos de movilidad (impuestos, sobre tasa a la gasolina y de más) y que nos consideramos más civilizados, pero que en circunstancias como las antes mencionadas reaccionamos con nuestra más primigenia humanidad.
Me pregunto que pensaría un grande visionario como Julio Verne al encontrarse con un futuro en el que aun los autos nos despegan sus aspiraciones del suelo, y los seres humanos se condenan al transitar en caóticas vías, atestadas de cajas de sardinas, que se hacen llamar soluciones para el transporte masivo, pero que más se asemejan a vehículos de carga.
¿Qué opinan ustedes?.
Luisa Fernanda Cortés Navarro.
Ironprincess/2009.
[1] Para la muestra el botón de ejemplo que nos proporcionan los “shinkansen” japoneses que necesitan de personal armado con bolillos para “acomodar” de la forma mas conveniente a los afanados trabajadores que necesitan desplazarse con rapidez hacia Tokio; todos ellos apretujados y casi que compactados a las cuadradas formas de un extra rápido tren magnético. Problema del primer, segundo, tercer mundo.
[2] HOMO-SEMOVIENTE: El “homo-semoviente” viene a ser algo asi como la evolución del “homoaeconomicus” que por falta de dinero o de oportunidades, no ha tenido la forma de hacerse a un vehiculo personal y ha tenido que no solamente trabajar como una mula de carga sino transportarse como tal, metido en un compartimento en el cuál muchas veces debe incluso reducir las medidas de su anatomía a fin de acoplarse con los otros “homo-semovientes”
[3] Expropiada en 1910, como efecto tardío a las tensiones surgidas tras la perdida de Panamá
[4] EL TIEMPO: “Vida, pasión y muerte de los Tranvías en Bogotá”. Mayo 3 de 1964. Lecturas Dominicales, Pag 5

Angel dijo
Después de cientos de años, hay varias coas que no cambian. Una, las formas como los seres humanos seguimos pensando que vivimos mejor. En este caso, la tecnología nos acerca pero nos aleja de nosotros mismos como espacie. Por otro lado, está el hecho de que movernos o no movernos, es apenas na parte del problema. Los vehículos de carga humana solo seguirán siendo eso, mientras no tengamos otras cosas, vías, mejor calidad de vida, educación y demás. Entonces no tendremos que pelear por un puesto sino más bien, disfrutar de un viaje que la verdad, dicho de alguna manera, cualquier día a las 6 pm lo que menos hace un viajero de transmilenio, es precisamente eso que debería ser y no es : disfrutar de un cómodo viaje, sabiendo que nada le pasará al bajarse pues la ciudad es segura, ademas porque hay suficiente trabajo y bien pago, vive en una cómoda casa, con una buena alimentación y con el respaldo de un sistema que vela por su comodidad. Lo demás es soñar.
6 Septiembre 2009 | 10:17 PM